Entrevista a Osvaldo Soriano

-Nací en Mar del Plata, en la calle Alvear, frente al viejo edificio de Obras Sanitarias, donde trabajaba mi padre. Fue justamente ahí donde empezó a trabajar para esa empresa, participando en la instalación de las cloacas. Tengo muchas fotos suyas de esa época. En Mar del Plata conoció a mi madre, allí se casaron y nací yo en 1943, un seis de enero de un calor espantoso, según mi madre, en lo que era al parecer una casilla de madera, y donde ahora hay un chalet muy elegante. Mi madre era de Tandil, pero sus hermanos también trabajaban en Obras Sanitarias de Mar del Plata. Seguramente en alguna visita a sus hermanos habrá conocido a mi padre, aunque nunca me contaron demasiados detalles. En la única foto mía que conservo de Mar del Plata, tendré aproximadamente un año y medio y estoy sentadito en la playa, con un bombachón amarillo. Es una foto coloreada. Las fotos coloreadas de esa época estaban trabajadas con mucho cariño por artesanos, y tienen un encanto muy particular que no se puede comparar con las actuales. Cuando tenía tres años, nos fuimos a vivir a San Luis. Fíjese, del mar a la sierra, al desierto, al rumor. Porque San Luis era en ese tiempo una ciudad chata, con muy pocas calles asfaltadas. Estuve seis años en San Luis, siempre siguiendo la carrera de mi padre en Obras Sanitarias, que fue ascendiendo de categoría hasta llegar a jefe de distrito en Cipolletti, Río Negro, que en ese tiempo era verdaderamente el far west y fue un poco la fuente de algunos de mis cuentos. Hay lugares de esa zona donde no había asfalto, no había radio, los diarios llegaban con tres días de retraso. Mi padre, como buen gorila, compraba La Prensa,  y la del lunes llegaba el jueves, y la del jueves el domingo, o algo así. Era un mundo, supongo, asimilable a lo que habrá sido el mundo de otras ciudades en los años 20.

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-¿Cómo cree que influyó en su vida el hecho de haber pasado la infancia viajando?

-Los tres primeros años de colegio los hice en San Luis, el resto lo fui haciendo fraccionado. Cambiaba de colegio de un pueblo al otro, y el resultado fue un pésimo boletín de calificaciones, mala conducta… Sufrí un gran desarraigo, sobre todo en la adolescencia, cuando dejamos Cipoletti para ir a Tandil. Tuve que romper con mi primera novia, con mis amigos. Supongo que debe de haber sido muy traumático, por algo no tengo recuerdos precisos. Los recuerdos de mi infancia y adolescencia son muy pocos. Los he borrado, seguramente, y lo único que conservo son flashes, un chico jugando, cosas así.

-Sin embargo ha escrito mucho sobre esa época. Transformó esos pocos recuerdos, esos flashes, en materia literaria.

-Exacto, esas fotos que traté de procesar… Lo que hice fue cruzar tiempos. Es decir, cosas que recuerdo de los trece años las llevé a los cinco, por ejemplo. En realidad, traté de buscarme a mí mismo en una suerte de lugar donde no me encuentro. Tiene la comodidad de que me puedo poner en cualquier situación.

-Usted nació y vivió en Mar del Plata hasta los tres años, y ahora, con más de cincuenta, decidió comprar una casa allí e instalarse parte del año.

-Es cierto, prácticamente el ochenta por ciento de mi última novela fue escrito en Mar del Plata. Es la primera vez que estoy frente al mar mucho tiempo, quiero decir, mirando el mar. No lo tenía como categoría y me da miedo. Uno no puede estar sin ningún lugar de origen, es muy conflictivo. En estos últimos años he tenido un reencuentro con un lugar al que pertenezco. O sea, yo puedo decir sin mentir que soy de Mar del Plata, que nací allá, que soy de allá. Y en ese lugar no me consideran de otra parte. Hay otros lugares donde viví más años, y sin embargo la relación es otra. Por ejemplo, en Tandil estaban ofendidísimos por algo que dije a favor de Mar del Plata y lo tomaron como un desprecio a los años que pasé allí. Pero nadie me considera de Tandil, ésa es la diferencia.

-¿Cuándo comenzó su interés por la literatura?

-Muy tarde, recién a los diecinueve o veinte años, en Tandil. Había abandonado el colegio, no tenía una carrera y trabajé en mil cosas distintas. En Cipolletti era jugador de fútbol, y estaba bastante contento de serlo. Quizá, si lo pienso bien, haya habido algún elemento que preanunciara a una persona que iba a escribir, pero en realidad hasta los diecinueve años no había leído nada. En Tandil fui encontrando nuevos amigos, gente que iba conociendo al azar. Uno de ellos se dio cuenta de que estaba muy perdido y muy solo. Primero me hizo abandonar el fútbol -cosa que no le perdono- y después me llevó a un cineclub. Era el comienzo de los 60 y la efervescencia llegaba al interior del país. En Tandil se acababa de ir Witold Gombrowicz… era el fin de la era Gombrowicz. Vivían escritores como Jorge Di Paola, y entre otros, Facundo Cabral y Víctor Laplace. En el cineclub escuchaba discutir sobre literatura. Me empezaron a pasar libros, y había también un teatro experimental. Todo eso era de izquierda y se enfrentaba con las autoridades del pueblo. En ese tiempo empecé a escribir bajo la influencia de Cortázar, que es una pésima influencia para empezar a trabajar porque es muy complejo, tan difícil como Borges. Hay muchas víctimas de Cortázar y de Borges. La cuestión es que cuando escribí mis primeros cuentos le mandé uno a Cortázar.

-¿Nunca se publicaron esos cuentos?

-Se publicaron en un diario de Tandil. Yo estaba encantado. Cuando uno escribe un cuento, nunca piensa que es malo. El narcisismo de los escritores es algo monumental, en comparación, el de los boxeadores es nada. Todos creen que son geniales. Le mandé mi cuento a Cortázar porque la dirección de Julio circulaba por todos lados, todo el mundo tenía su dirección y su teléfono en París, y cuando alguien iba lo llamaba. Se lo mandé por correo desde Tandil y después de un par de meses recibí un sobre que decía “J.C” en el remitente. Me temblaban las manos. Abrí el sobre y adentro había un cuento de Cortázar, Flores amarillas, publicado por la Revista de Occidente pero aún inédito en libro. Arriba decía: “Con un abrazo de Julio”. Nunca supe qué me quiso decir. Había dos posibilidades. Una era: “¡Bestia, aprendé!”, y la otra, más optimista: “Bueno, me mandás un cuento y yo te mando otro”. Muchos años después, cuando lo conocí, le comenté este episodio. No se acordaba, obviamente, pero para consolarme me dijo: “Si te contesté, por algo era. Porque uno no puede contestar todas las cartas”. Nunca pude desprenderme de esa admiración profunda e íntima que me provocan los escritores que quiero, aquellos a los que leo con enorme cariño. Soy, de algún modo, amigo de Bioy Casares, pero me cuesta horrores quitarle dos minutos. Cuando apareció mi novela La hora sin sombra me mandó una carta muy hermosa,

una carta privada. Y me dije: “¿Qué hago? ¿Lo llamo por teléfono para agradecerle?”. Finalmente le escribí otra carta reprochándome no llamarlo, no animarme a estar más cerca de él. En el fondo me siento el mismo escritor que estaba escribiendo sus primeros cuentos en la larga noche, cuando trabajaba de sereno en Tandil.

-¿A qué otros escritores incluye en esa categoría?

-Alguien que marcó mucho mi vida fue un realista sucio de los Estados Unidos, Erskine Caldwell, autor de El camino del tabaco. Yo leí todo o casi todo Caldwell en los años 60, cuando en el 76 me fui del país me llevé algunos de sus libros. Tenía una admiración excesiva por Caldwell – leyéndolo ahora me digo que era un poco excesiva- pero sin duda fue uno de los colosos de los años 30. Estando en París, un día abrí el diario y leí que esa tarde Caldwell daba una charla. No soy muy afecto a ese tipo de cosas, pero por supuesto fui a verlo. Había apenas unas veinte personas, en París no era muy conocido. Para colmo la charla era en inglés y sin traducción, aunque había traductor. Yo no hablo una palabra de inglés pero igual me quedé hasta el final. Los franceses se fueron casi sin saludarlo, y me acerqué. Recuerdo a un hombre ya de ochenta años, con una melena blanca, que parecía un gran monumento a sí mismo. Era el autor de El camino del tabaco, con mis amigos nos sabíamos de memoria páginas enteras de ese libro. Le pedí al traductor que le dijera que al llegar del exilio había traído conmigo una sola valija y doce libros suyos. Me dio un abrazo muy grande -cosa que los yanquis nunca hacen- y no lo volví a ver nunca más. Murió tres o cuatro años después. Esto es para señalarle cómo es mi relación con la gente que admiro en determinados aspectos de mi propio metier.

-¿Le gustaría que lo trataran a usted con ese pudor?

-Creo que es impensable. No existe más esa distancia, es cosa de viejos. A mí me llama cualquiera para decirme cualquier cosa. “Ché, vení mañana a dar una charla en Morón”. Y si no acepto inmediatamente me dicen que me hago el soberbio.

-Sigamos con su lista de autores queridos.

-En Tandil leía mucho a Horacio Quiroga. Y no me arrepiento, porque ahí sí, con escrituras menores, es donde uno aprende más. Es muy difícil aprender con un texto absolutamente genial como los de Cortázar o Borges, porque uno está ante una obra gigantesca, pero no se le ven los tornillos. Algunos escritores creen que no hay nada que aprender. Pero los que creemos que sí lo hay, apreciamos mucho los tornillos y las tuercas que se ven en Quiroga y en algunos buenos cuentos de García Márquez que maravillan por lo bien resueltos, y que también se ven en muchos norteamericanos y en Roberto Arlt. Hay dos o tres momentos en la obra de Arlt que al menos a mí me han quedado como pegados en la carne para siempre. Cuando los pienso, creo que los reescribo. Erdosain en el momento que vuelve a su casa y encuentra a su mujer con aquel capitán y su mujer le echa en cara su fracaso. Yo no digo que Arlt me haya influenciado, porque tiene una escritura muy extraña, muy atravesada, muy difícil. Pero es alguien que uno tiene presente todo el tiempo, es una referencia sólida que quizá tenga que ver con la identidad. Para cualquiera que me haya leído, es obvio que mi influencia más notoria fue Raymond Chandler. La aparición de Chandler en un momento del desarrollo de mi -para emplear una palabra tonta- “cultura literaria”, fue decisiva. Estoy seguro de que sin Chandler no hubiese podido escribir Triste, solitario y final.

-O la novela hubiera sido diferente.

-O hubiera sido otra cosa. Pero como ésa era la única novela que yo tenía… El único tema que yo tenía era el del Gordo y el Flaco y no sabía cómo escribirlo. La llegada de Chandler me permitió resolver ese libro. De lo contrario lo hubiese abandonado. En esa época yo ya estaba instalado en Buenos Aires y me sentía muy cómodo en mi rol de periodista estrella de algunas revistas como Panorama y diarios como La Opinión. Era una posición confortable, en un tiempo en que uno no aspiraba a grades cosas. El país estaba en otra cosa, el tejido social era otro. Quizá resulte difícil entenderlo hoy, pero para alguien como yo, que había recorrido el interior del país, que había practicado todos los oficios y ninguno que se pareciera a las artes y las letras, llegar a ser un redactor estrella en La Opinión, con el rigor que tenía ese diario, con su exigencia feroz, significaba estar contento con lo que había logrado en la vida.

-¿Cómo logró llegar allí?

-Es una historia bastante caricaturesca. En 1969, la revista Primera Plana era una especie de catedral. Yo conocía el staff de memoria, como si fuera un equipo de fútbol. Llegaba al quiosco media hora antes de que la trajeran, y todavía tengo esa colección guardada en alguna parte. Era una revista extraordinaria, escrita como es impensable que vuelva a escribirse en periodismo. Un buen día llegó a Tandil un periodista a quien yo admiraba profundamente, Osiris Troiani. Por intermedio de un amigo común, me invitaron a un asado donde estaba él. La mejor forma de molestar a la gente soberbia -y Osiris lo era- es no dirigirle la palabra. Es la manera con la cual yo conseguí que Maradona me hablara: entrar a un lugar y no hablarle. Con Troiani me pasó un poco eso. Finalmente conversamos, y le dije que podía mandar algunas notas para Primera Plana desde Tandil. Unos meses después, recibí un telegrama de la revista, no invitándome sino exigiéndome que les mandara no recuerdo cuántas líneas sobre la Procesión del Calvario. Es la fiesta local, la gran fiesta local en Semana Santa. Hay una procesión, van al Calvario, es el gran negocio local del cual no se puede hablar. Primera Plana, naturalmente, era una revista maldita, y yo no podía mandar un artículo a favor. Entonces me di cuenta de que si escribía el artículo y se publicaba, me iba a tener que ir del pueblo. Tan claro como eso. Le pregunté a mi viejo y mi viejo me dijo: “No te veo más”. Imagínese, era la época de la dictadura de Onganía, mezclada con un gran poder de la Iglesia más reaccionaria. En Tandil todos se conocían y yo tenía que escribir una nota diciendo que alguno de ellos se quedaba con el vuelto, quién era el actor que hacía de Jesucristo y cómo era la vida privada de la Virgen María. Esa era la historia que Primera Plana quería, yo sabía que era eso.  Trabajé dos semanas, no me quedó nada para decir. Yo me jugaba, me di cuenta de entrada de que me jugaba la vida. Y mandé la nota con el rápido, que era el fax o el módem de ese tiempo. Fui a la terminal, se la di al chofer, y después un cadete fue a buscarla a Constitución. Así se mandaba el material urgente. La noche en que salía la revista, mi viejo me dijo: “Andate, porque se está corriendo la bola de que la nota es agresiva”. Primera Plana salía los lunes por la noche. Ese lunes de abril del 69 tomé el ómnibus hacia Buenos Aires. Al amanecer, cuando llegamos a Constitución, ya estaba en los quioscos y me acuerdo que ese número tenía a Paulo VI en la tapa. Usted sabe que en Primera Plana las notas aparecían sin firma, era una característica. A lo sumo, en los casos de enviados especiales se publicaban inicialadas. Abrí la revista, y en la sección “Día Moderno”, por un error o descuido, aparecía mi nota firmada. Casi se me rompió el corazón cuando la vi. La empecé a leer y no era la misma, la habían reescrito. Pero me dije: “Me van a dar trabajo”. Así que me instalé en un hotel, y unas horas después me presenté en la redacción.

-¿En qué hotel se instaló?

-Era una pensión de Avenida de Mayo donde había parado Víctor Laplace. Todos los que venían de Tandil paraban allí. Fui a parar a una pieza en la azotea, donde había un tuberculoso en la cama de al lado. Víctor llegó un día a salvarme y me llevó al hospital para ver si no me había contagiado. Un lugar espantoso.

-Cuando llegó a la redacción, ¿qué dijo?

-Yo era un pajuerano y parecía un pajuerano. Para que me dejaran pasar llevaba la revista en la mano, abierta en la página de mi artículo. Nunca había entrado a una redacción y allí estaba la elite intelectual, no sólo del periodismo sino también catedrática. En Primera Plana escribía la gente de letras y de sociología -una de las ciencias más fuertes y prestigiosas en la Argentina de ese momento-. Troiani, que era secretario de redacción, estaba parado al fondo, en el área de corrección, y cuando me vio entrar, gritó: “¡Qué hace usted acá!”. Yo le dije: “Y… vine a trabajar”. “No”, me contestó. “Las cosas no son tan fáciles. ¡Váyase!”. Entonces empecé a irme, pero en la redacción había alguna gente piadosa, no todos eran así. Había dos o tres que eran más piadosos y uno de ellos me dijo: “Sentate, no le des pelota. Quedate ahí”. Había una silla vacía y me senté. Yo les recomiendo siempre a los periodistas que usen ese método, sé de varios que consiguieron trabajo así. Porque en algún momento va a hacer falta algo. En una redacción es inevitable que a las doce de la noche un jefe esté buscando a alguien para ir al lugar más infernal. Una noche, nadie quería ir a Berisso. Tomás Eloy Martínez, que era uno de los jefes de redacción, se paseaba tratando de tentar a alguien con los viáticos. De pronto me miró y me dijo: “¿Usted, en qué sección está?”. Y yo pensé: “Ya está, ya estoy. Ya estoy en una sección”. El jefe de Ciencia y Técnica, Félix Samoilovich, uno de los pocos piadosos, dijo: “Es mío”. “¿No me lo prestás?”, le pidió Martínez. Yo no sabía bien cómo era la cosa. Me miró y agregó: “¿Usted no iría -en condiciones muy especiales, naturalmente- hasta Berisso?”. Era una nota complementaria para un gran despliegue sobre la ciudad de La Plata y sus alrededores. Me pusieron remise, según el estilo de la casa. Pasé alrededor de diez días en Berisso, de modo que traje todo lo que se podía saber sobre el lugar. Eso me dio cierto crédito y otro día me dijeron: “¿No quiere ir hasta Balcarce?”. A esa altura ya me estaba poniendo más fino, porque estaba haciendo una sección dificilísima llamada “Transiciones”, que contenía noticias políticas muy chiquitas, que había que meter con calzador para que entraran en una columnita fija. Era tan fino todo que para ir a Balcarce se tomaba el avión a Mar del Plata y de ahí un remise. Se tardaba más, pero ésa era la regla de Primera Plana.  Si no era así los redactores se ofendían. De modo que desde un principio me acostumbré a hacer notas importantes. Un día la puerta se abrió de golpe con mucho ruido, entró la policía de Onganía y se terminó la revista. Eramos pocos, porque sucedió alrededor de las dos de la mañana. Un oficial grito “¡Alto!”, como si alguien corriera. Nos miramos y vimos entrar una cantidad de policías con ametralladoras que pusieron fajas de “clausurado”. Y ahí se acabó mi carrera en Primera Plana. La revista no volvió a salir hasta un año después, pero ya no fue la misma.

-Y usted pasó a trabajar en el diario La Opinión.

-A Jacobo Timerman no lo conocía más que como una leyenda, porque cuando se hablaba mal de un patrón se hablaba mal de Timerman. Pero al mismo tiempo con admiración, con tal admiración que se iba formando dentro de uno la leyenda del personaje inalcanzable. En 1971, cuando armó La Opinión,  decidió convocar a lo que él consideraba el mejor periodismo de la Argentina, pagando sueldos enormes. Era un gran momento, yo estaba trabajando en la revista Panorama y me fui a trabajar con Timerman dos o tres días antes de que saliera el diario, de modo que estuve desde el comienzo. Jacobo no era -al menos en esa época- alguien que se mezclara con la gente de la redacción. Estaba en un trono y uno no accedía a él salvo para ser humillado por algún error, aunque fuese mínimo. Pegaba la página con el error subrayado en rojo y el nombre del culpable en la puerta de entrada del diario, de modo que todos la vieran. Lo primero que veían al entrar los proveedores o los amigos era la flecha roja. Con lo cual consiguió un diario en el que uno se cuidaba enormemente antes de escribir una frase. “No trabajen de memoria”, decía, y nosotros nos la pasábamos consultando el diccionario. Son etapas. A mí me sirvió enormemente, porque nunca me pude sacar de encima el fantasma de la exigencia. Muchas veces se me aparecía de noche la cara de Timerman, la misma cara que le vi las dos o tres veces que me convocó para decirme de todo. Cuando nos reencontramos, muchos años después, se lo dije: “¿Usted sabe, Jacobo, que se me aparecía de noche?”. Era duro, durísimo, pero al mismo tiempo uno agradecía internamente esas grandes lecciones de periodismo, porque en realidad el problema era que casi siempre tenía razón. Le cuento un ejemplo. Un día llegué al diario a las tres y media de la tarde y se me acercó la secretaria de Timerman, una persona maravillosa que se condolía de nosotros. Me dijo: “¿Qué le hiciste a Jacobo? Desde las diez de la mañana está rompiendo cosas y puteándote. Me ordenó que ni bien llegues, comparezcas”. Le pedí cinco minutos para revisar mi página y ver qué disparate había. La miré con lupa, de atrás para adelante, y nada. Les pedí a algunos compañeros que la miraran -había cierta solidaridad- y tampoco encontraron nada. Entonces junté fuerzas y fui a su despacho. Era la primera vez que iba a verlo personalmente, que iba a hablar con él. Hacía ya un tiempo que yo trabajaba en el diario, pero no se lo veía a Timerman si no era por una cosa así. Cuando entré, obviamente, ni me miró. Al rato levantó un poco la vista y me preguntó: “¿Usted cuánto gana?”. Se lo dije. “¡Qué disparate! ¡Cuánta plata! ¿Todo el día con inútiles! ¿Usted al menos es conciente de que es un inútil?”. Tenía el diario abierto en mi página, yo la espiaba de costado, ahí en el escritorio, marcada con tinta roja. “¿Cuánto hace que no lee el libro de estilo?”. Yo cometí el error de contestarle que no era mi libro de cabecera. “Debería serlo, usted gana una fortuna”. El error, el presunto error, era que en el libro de estilo de La Opinión decía: “Taiwán nunca debe ser nombrada como Formosa”. A mí me había quedado corto un título y había puesto Formosa. Le comenté que no me parecía tan grave, y me contestó con una frase que en ese momento me pareció en sí maravillosa: “¡Qué van a pensar nuestros lectores de Formosa!”. Le dije que no creía que fueran demasiados. “¡Y eso qué importa!”. Tenía una lógica implacable. Después pegó la hoja en la puerta, con la flecha colorada, y me despidió diciéndome: “La próxima vez, lo echo”. Hubo una segunda vez en que me echó, pero al rato se arrepintió y me volvió a tomar. Todo eso formaba parte de un estilo muy propio del que guardo un buen recuerdo. Si no, no lo estaría contando. Fue una especie de padre severo, que así como castigaba premiaba. Un día me llamó y me dio esta orden: “Haga la mejor nota de Buenos Aires sobre el caso Robledo Puch”. Me fui a mi casa, trabajé diez días y volví con una nota que publicó en el suplemento cultural. El día que apareció la nota vino otra vez la secretaria: “Jacobo te convoca”. Allá fui de nuevo, y otra vez me preguntó: “¿Usted cuánto gana?”. Otra vez se lo dije. “Tiene un aumento”. Esa relación se prolongó hasta la época en que La Opinión cambió, y esos cambios hicieron que nos alejáramos.

-Antes de llegar a esa época, sucedió algo muy importante en su vida: la publicación de su primera novela, Triste, solitario y final.

-Como todos mis amigos lo saben, yo soy muy haragán. Es extraño, porque soy muy cumplidor al mismo tiempo, pero no tengo nada que se parezca a  una disciplina o método de trabajo. Cuando Timerman me echó del diario y al poco tiempo me mandó decir que volviera, me encontré con que no tenía jefe ni sección. Deambulé un tiempo por la redacción y finalmente opté por no ir, me quedaba en mi casa. En ese tiempo de no ir al diario ni hacer otra cosa, fui escribiendo Triste, solitario y final. Como le dije al comienzo, ese libro se hizo posible cuando Raymond Chandler entró muy brutalmente en mi vida. La irrupción de Chandler no sólo fue brutal, también fue muy colorida. Una madrugada, caminábamos por la calle Florida con Miguel Briante, Antonio Dal Masetto y Norberto Soares, todos muy borrachos. De pronto Soares se puso a recitar un texto que a mí me pareció maravilloso. Todos lo aplaudimos. Le pregunté qué era, y se ofendió. “¡Cómo! ¡Es El largo adiós!”. Al día siguiente me lo mandó de regalo y ese día cambió mi relación con la literatura. En ese tiempo yo pensaba como piensa García Márquez, que no se pueden escribir novelas con diálogo. Pero a partir de Chandler, y luego de Dashiell Hammett, pero fundamentalmente de Chandler y el romanticismo chandleriano, se me clarificaron muchas cosas, fui encontrando un estilo. Durante años yo había juntado todo aquello que se conocía sobre la vida del Gordo y el Flaco. Ellos eran mi hobby, mi objetivo. Llegué a ser el tipo que más sabía de Laurel y Hardy en la Argentina.

-¿Por qué? ¿Qué le pasaba con ellos?

-Me parecía una historia maravillosa. Yo la contaba y todo el mundo se juntaba. En ese momento era una parábola de lo que ocurría, una parábola social muy querible. Con su genio y su fracaso, estaban enfrentados al genio y al éxito de Chaplin. La novela pivotea de algún modo esa contradicción. La cuestión es que yo tenía todo ese material y no sabía qué hacer con él. Intenté escribir una obra de teatro pero no prosperó. El asunto era cómo contar la historia del Gordo y el Flaco, desde dónde contarla. Toda persona que haya intentado la narración sabe que el primer gran problema es saber desde dónde se cuenta la historia, con qué distancia, cuánta autorización tiene la voz del narrador, quién es el narrador… en fin, todas esas cuestiones que la nueva teoría ha desarrollado largamente y que uno sólo intuye. En principio, si se tienen buenos reflejos se lo consigue. Y si no, no. Inmediatamente después de leer El largo adiós, me puse a leer todo Chandler. Soy muy obsesivo con esas cosas. Cuando tengo un tema lo recorro, y hasta que no termino de saber absolutamente todo lo que hay que saber no lo dejo. Es una vieja obsesión. O sea que tenía todo Chandler y todo Laurel y Hardy. Y en una suerte de noche mágica, yo estaba solo (vivía solo en un departamento chiquito) y estaba muy deprimido. Recuerdo precisamente esa noche y ninguna otra, porque escuché un ruido en la cocina y cuando fui a ver encontré un gato arriba de las cacerolas. Usted sabe que para mí el gato es el gran emblema de muchas cosas. Siempre tengo gatos, y en mi vida son importantes. Este era un gato negro. Se quedó mirándome un rato, luego se empezó a ir, me miró de nuevo y ahí me di cuenta de que era… la gata de Chandler. ¿A qué había venido? A hacer una cosa obvia: demostrarme que si alguien podía investigar la vida de Laurel y Hardy era un investigador privado. Y quién mejor que Philip Marlowe, el legendario personaje de Chandler. Tomaría a Philip Marlowe a partir del final de Playback,  la última novela de Chandler, e imaginaría su vida de allí para adelante. Esta pista, sin duda falsa ante cualquier análisis literario, esta pista sentimental, me llevó a sentarme de inmediato y escribir un primer capítulo, que no es el primero del libro pero es el capítulo en el que Philip Marlowe va al cementerio y se encuentra con un argentino ante la tumba de Stan Laurel. Tenía ya los tres elementos juntos (Laurel y Hardy, Philip Marlowe y yo mismo como personaje) y desde allí empecé a trabajar. Recuerdo que Jorge Di Paola vivía muy cerca de mi casa y los dos trabajábamos de noche. A las cinco, seis de la mañana, nos juntábamos en la casa de alguno de los dos a tomar un café y nos intercambiábamos lo que habíamos escrito. Y eso fue muy importante para mí en ese momento. De modo que Triste, solitario y final me llevó todo el año 72. Tuve toda la suerte del mundo. No bien la leyó Marcelo Pichon Rivière, la llevó a la editorial que publicaba sus libros, que era Corregidor. Dos días después me llamó y me dijo que en un par de meses se publicaba. De modo que me ahorré la angustia de andar recorriendo editoriales con mi original bajo el brazo.

-¿La novela tuvo éxito inmediatamente?

-Sí, tengo muchos recortes de esa época. Se publicó en junio de 1973 (pleno gobierno de Cámpora) y en el diario Clarín del 2 de agosto aparece segunda en la lista de best-sellers, detrás de Silvina Bullrich y adelante de Cortázar… todo muy mezclado. Tuvo una buena repercusión. Salieron comentarios en todos los medios, hasta en televisión, que en esa época no era usual. Pero en realidad, en ese momento no se planteaba el tema del éxito. Aunque la palabra existiera, no era bien vista. Desde la época de Primera Plana, las listas de best-sellers son algo muy confuso y muy mezclado, pero tienen un efecto: un libro del que se habla por lo general se vende  -ya sea de fotografía, una novela o lo que sea-. Yo fui formado en ese clima, los temas de debate eran otros. Con Cortázar, por ejemplo, ¿cuál era el debate? Si estaba o no estaba en la revolución. Cuando apareció El libro de Manuel no lo sometieron a un juicio literario, lo llevaron a rendir cuentas a un sindicato. Eso habla de la coherencia de Julio. Dijo: “¿Un escritor comprometido, dónde rinde cuentas? ¿En un salón de viejas gordas? No, ante los representantes de la clase trabajadora”. Fue y lo destrozaron. Con respecto a La Opinión, la situación fue más delicada. Timerman me llamó y me felicitó, como lector. Pero llegó más lejos y me dijo: “Voy a hacer el comentario de su libro, lo voy a escribir y firmar yo”. El no escribía nunca. Si escribía algún artículo, nadie se enteraba porque no lo firmaba. Yo le rogué que no lo hiciera, y entonces lo escribió un colaborador que lo elogió tibiamente. Hizo un comentario muy politizado, y el libro no era político.

-¿Por qué se negó a que Timerman escribiera el comentario?

-Me hubiese  incendiado con la gente. El era el patrón, estaba del otro lado. Y además la situación había cambiado mucho, en 1973 y comienzos de 1974 todo giraba alrededor del conflicto social. Estaba los Montoneros, que más o menos todo el mundo sabía quiénes eran, y estaba el ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo), de una impenetrabilidad absoluta. Y estábamos los que de algún modo colaborábamos con todo aquello que conspirara contra el poder, sin pertenecer a ninguna organización. Alguien nos decía, por ejemplo: “Estamos buscando a quien desgrabe este material, porque sería importante que mañana, en la fábrica, se pudiera leer”. Y uno lo desgrababa, porque quería y porque creía que estaba bien. Creo que la derrota de Lanusse y la asunción de Cámpora descolocaron profundamente a Timerman, que siempre fue antiperonista, y ese clima se vivió dentro del diario. Fue la época en que asumió Enrique Jara como subdirector y comenzó una especie de caza de brujas que culminó con mi ida del diario. En medio de todo eso murió mi padre, fue una época durísima. Yo me fui de La Opinión a mediados de julio de 1974,  quince días después de la muerte de Perón, que llegué a cubrir para el diario. Me di por despedido y les inicié un juicio, con el patrocinio de Rodolfo Terragno. Lo ganamos en primera instancia, pero en la apelación la Cámara falló a favor de La Opinión. Cuando el general Camps le preguntó a Jara: “Dígame expresamente quiénes eran las personas que usted echó del diario por guerrilleros”, Jara contestó: “Vicky Walsh (la hija de Rodolfo Walsh) y Osvaldo Soriano”. Menos mal que yo ya no estaba en el país. ¿En qué diferencio yo a Jara de Timerman? En que Timerman jamás le dijo a Camps que alguien era guerrillero. De todas maneras en esa época Timerman se alejó de mucha gente, aunque con los años volvió a acercarse. Para mí fue un personaje importantísimo. Detrás de esa cosa de patrón, tenía por él un respeto reverencial, una especie de tironeo entre el amor y el odio.

-¿Cuál fue concretamente su participación política en esa época?

-Jara mintió cuando dijo que yo era guerrillero, pero en realidad no lo fui por miedo. No participé en la lucha armada pero estaba cerca de ellos, me podían pedir cosas, guardaba material. Hoy en día hay una tendencia a borrar hechos del pasado, parecería que nadie tuvo nada que ver. Pero esto no es así, hay que hacerse cargo. Sobre todo porque algún día un hijo va a hacer una investigación y va a encontrar cosas que uno dijo. Y hay que explicarle, porque todo tiene una explicación. Hay una encuesta de la agencia de noticias Telam que encargó Lanusse en 1973, que dice que en ese momento un cuarenta y nueve por ciento de la población simpatizaba con los movimientos revolucionarios. Lanusse era un hombre muy lúcido y percibía que las dificultades que tenía para combatir la guerrilla no eran una cuestión de armas, sino que se debían a que la gente escondía a los guerrilleros. Yo he visto guerrilleros escondidos en casas insólitas, cuando uno llegaba le decían: “A esa habitación no se puede entrar”. Yo no soy ni fui peronista. Mi actitud con los Montoneros en ese tiempo se debió a que yo pensaba que ellos no creían en Perón, que en realidad se trataba de una trampa que le tendían al general. Con el general exiliado todo valía, porque había un elemento de ilegitimidad. A mí nunca me tocó decidir nada, pero creo que el clima de la época imponía ciertas cosas. Como la mayoría de la gente, pienso que todo hay que hacerlo en paz. Pero hay que hacerlo dentro de las reglas del juego, y esas reglas no regían en ese momento.

-¿Qué hizo cuando se fue de La Opinión?

-En los primeros tiempos, me dediqué a escribir un par de guiones con Aída Bortnik. Era la época anterior al rodrigazo, y todavía se podía vivir bastante fácil. Colaboré en una revista que se llamaba Mengano, con Carlos Trillo y Alejandro Dolina, y finalmente entré a trabajar en El Cronista Comercial, que en ese momento se convirtió en un lugar de refugio para cuanto expulsado andaba por ahí, mezclado con una camada de chicos más jóvenes. El Cronista es uno de los diarios donde más gente desapareció. Hasta desapareció el dueño, Rafael Perrota, quien había tenido el don de gentes de asilar a muchos periodistas echados de otros medios, sobre todo de La Opinión. Volví a escribir sobre deportes, y desde allí conservé toda la vida la fantasía de que lo único que debía preservar como saber -Saber con mayúsculas- para tiempos de desgracia, era el deporte.

Fundamentalmente el fútbol. Y en segundo lugar, el boxeo. Un día me preguntaron: “¿Vos sabés quién juega en Lanús?”. Les dije que sí, y allí volví de nuevo a ganarme el mango desde abajo. Todavía conservo ese vicio. Me sé de memoria todos los pases, es como un juego infantil, la idea de que no me sorprendan en un concurso de preguntas y respuestas. Si mañana sacaran un buen diario o una revista de deportes que valiera la pena, seguramente me gustaría escribir allí.

-¿En qué momento y bajo qué circunstancias se fue del país?

-Estando en El Cronista, escribí una nota contando una serie de problemas que había tenido durante un viaje en avión. Me llamó uno de los gerentes de la línea aérea y me dijo: “Lo que usted cuenta en su artículo es imposible. Usted lo soñó. Elija el lugar del mundo donde quiera ir, y va a comprobar que lo soñó”. Es el típico procedimiento que muchas veces se utiliza para tener contentos a los periodistas, hay que rechazar esas cosas. Pero en ese tiempo yo no era tan fuerte. Había ido una sola vez a Europa, y entonces acepté. Fui a Bangkok, a lugares de los que tengo una suerte de recuerdo nebuloso. Tipos comiendo víboras, cosas así. A la vuelta pasé por Roma y por París y terminé visitando a Félix Samoilovich, que en esa época vivía en Bruselas. Me quedé más de un mes, compartiendo largas charlas noctámbulas, ese clima hoy casi muerto. Un día, la que es hoy mi mujer me despertó y me dijo: “Coup d´état en Argentine”. A la noche vimos a Videla en televisión. Fue tan patético… En Europa tienen una maqueta de lo que es un dictador latinoamericano: es morocho, con bigotes, anteojos negros y una gorra grande, encasquetada hasta los ojos. Esa noche, en el noticiero, lo vimos a Videla y era sí, exactamente igual a la maqueta. Dentro de la tragedia la situación tenía un costado cómico, todos se morían de risa. Había llegado un punto en el cual yo estaba harto de los milicos, punto en el que sigo. Me hice una filosofía propia, que consistía en decir: “Nunca más, nunca más. No me los banco más”. Era una cosa personal, que mantengo. En Bélgica me dijeron: “Acá tenés una pieza”. Entonces volví a Buenos Aires y quince días después me fui. En Ezeiza había muchos controles. Como tenía miedo, llevé un papel con membrete de El Cronista, que decía que iba a cubrir la pelea Monzón-Benvenutti. Me acuerdo de que un soldado con ametralladora al hombro me dijo: “¡Qué envidia!”. En el último tiempo habíamos alcanzado a hacer una revista medio clandestina con Tito Cossa, Oscar Alende y otra gente muy querida. Estuve un tiempo en Bélgica y después pasé a Francia, donde con Cortázar editamos Sin censura, una revista del exilio. En realidad, aunque fundamentalmente viví en Francia, mi punto de apoyo más sólido es Italia, donde siempre me ha ido muy bien. Allá mis libros son best-sellers, igual que en la Argentina. A veces, cuando me deprimo, barajo la posibilidad de vivir en un pueblito del norte de Italia.

-¿Por qué volvió a la Argentina?

-Volví en 1983, una época de gran entusiasmo. Hay razones muy fuertes que a uno lo atan a su país. Primero, una cosa obvia: si prendo la radio o la televisión y se habla de un personaje, sé quién es. En general se trata de mediocres, pero conozco el tema del que se habla, que es el tema que atrae y expulsa a la vez. Eso hace que uno se sienta en su lugar. Pero al mismo tiempo siento que es un lugar tan chico, tan menor, que no vale la pena. Constantemente me digo: “¿Cómo puedo pertenecer a una sociedad que elige este gobierno, esta forma de vida? Yo ya no puedo soportar esto, no me da el buen gusto. En Francia me pasa algo curioso: cuando llego, prendo la televisión y la cara que aparece también la conozco, pero al mismo tiempo es un lugar en el que no manejo las reglas de juego. Entonces lo que hago es irme tres o cuatro meses, saltar de un lugar a otro. En realidad, creo que es todo fruto del hartazgo. Entonces me digo: “Pueblito de Italia, aislado del mundo”. Últimamente fantaseo bastante con eso.

-Sin embargo, esta es una sociedad que a usted lo acepta. Ha sabido representar nuestras contradicciones y miserias y es el escritor argentino contemporáneo más leído.

-Tal vez yo sea más vanidoso de lo que usted piensa. Sinceramente, no creo que vender setenta mil ejemplares de mis libros sea un éxito. Si fueran setecientos mil ya se podría hablar en serio, porque se podría hablar de una conciencia. Usted habla de una cierta aceptación, y eso está bien. Pero aún hoy me cuesta mucho verme a mí mismo como alguien a quien los demás dicen: “Vos tenés éxito”. Para mí eso no es un elogio, mas bien le diría que me fastidia. ¿Qué quiero decir con esto? ¿Qué es lo que quisiera que mi hijo aprendiera? Que el éxito y la calidad o el éxito y lo bien hecho no están necesariamente unidos. La satisfacción que yo tengo es la de saber que trabajo bien, que hago las cosas lo mejor que podría hacerlas. Además, evidentemente, toco temas que producen una cierta identificación. Yo escribo sobre lo nuestro. Mis personajes, en general, son perdedores y solitarios y, de algún modo, representan aspectos muy fuertes de este país. Pero la gente que no me quiere me pone atributos que van desde “exitoso” hasta “populista”. Y le puedo asegurar que eso me irrita.

Obra publicada: Triste, solitario y final (novela, 1973),  No habrá más penas ni olvido (novela, 1978), Cuarteles de invierno (novela, 1980), Artistas, locos y criminales (relatos, 1984),  A sus plantas rendido un león (novela, 1986),  Rebeldes, soñadores y fugitivos (relatos, 1988), Una sombra ya pronto serás (novela, 1990),  El ojo de la patria (novela, 1992), Cuentos de los años felices (relatos, 1993),  La hora sin sombra (novela, 1995),  Piratas, fantasmas y dinosaurios (relatos, 1996).

Libros Publicados por Cristina Mucci
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