Entrevista a Osvaldo Soriano

-Nac√≠ en Mar del Plata, en la calle Alvear, frente al viejo edificio de Obras Sanitarias, donde trabajaba mi padre. Fue justamente ah√≠ donde empez√≥ a trabajar para esa empresa, participando en la instalaci√≥n de las cloacas. Tengo muchas fotos suyas de esa √©poca. En Mar del Plata conoci√≥ a mi madre, all√≠ se casaron y nac√≠ yo en 1943, un seis de enero de un calor espantoso, seg√ļn mi madre, en lo que era al parecer una casilla de madera, y donde ahora hay un chalet muy elegante. Mi madre era de Tandil, pero sus hermanos tambi√©n trabajaban en Obras Sanitarias de Mar del Plata. Seguramente en alguna visita a sus hermanos habr√° conocido a mi padre, aunque nunca me contaron demasiados detalles. En la √ļnica foto m√≠a que conservo de Mar del Plata, tendr√© aproximadamente un a√Īo y medio y estoy sentadito en la playa, con un bombach√≥n amarillo. Es una foto coloreada. Las fotos coloreadas de esa √©poca estaban trabajadas con mucho cari√Īo por artesanos, y tienen un encanto muy particular que no se puede comparar con las actuales. Cuando ten√≠a tres a√Īos, nos fuimos a vivir a San Luis. F√≠jese, del mar a la sierra, al desierto, al rumor. Porque San Luis era en ese tiempo una ciudad chata, con muy pocas calles asfaltadas. Estuve seis a√Īos en San Luis, siempre siguiendo la carrera de mi padre en Obras Sanitarias, que fue ascendiendo de categor√≠a hasta llegar a jefe de distrito en Cipolletti, R√≠o Negro, que en ese tiempo era verdaderamente el far west y fue un poco la fuente de algunos de mis cuentos. Hay lugares de esa zona donde no hab√≠a asfalto, no hab√≠a radio, los diarios llegaban con tres d√≠as de retraso. Mi padre, como buen gorila, compraba La Prensa,¬† y la del lunes llegaba el jueves, y la del jueves el domingo, o algo as√≠. Era un mundo, supongo, asimilable a lo que habr√° sido el mundo de otras ciudades en los a√Īos 20.

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-¬ŅC√≥mo cree que influy√≥ en su vida el hecho de haber pasado la infancia viajando?

-Los tres primeros a√Īos de colegio los hice en San Luis, el resto lo fui haciendo fraccionado. Cambiaba de colegio de un pueblo al otro, y el resultado fue un p√©simo bolet√≠n de calificaciones, mala conducta‚Ķ Sufr√≠ un gran desarraigo, sobre todo en la adolescencia, cuando dejamos Cipoletti para ir a Tandil. Tuve que romper con mi primera novia, con mis amigos. Supongo que debe de haber sido muy traum√°tico, por algo no tengo recuerdos precisos. Los recuerdos de mi infancia y adolescencia son muy pocos. Los he borrado, seguramente, y lo √ļnico que conservo son flashes, un chico jugando, cosas as√≠.

-Sin embargo ha escrito mucho sobre esa época. Transformó esos pocos recuerdos, esos flashes, en materia literaria.

-Exacto, esas fotos que trat√© de procesar‚Ķ Lo que hice fue cruzar tiempos. Es decir, cosas que recuerdo de los trece a√Īos las llev√© a los cinco, por ejemplo. En realidad, trat√© de buscarme a m√≠ mismo en una suerte de lugar donde no me encuentro. Tiene la comodidad de que me puedo poner en cualquier situaci√≥n.

-Usted naci√≥ y vivi√≥ en Mar del Plata hasta los tres a√Īos, y ahora, con m√°s de cincuenta, decidi√≥ comprar una casa all√≠ e instalarse parte del a√Īo.

-Es cierto, pr√°cticamente el ochenta por ciento de mi √ļltima novela fue escrito en Mar del Plata. Es la primera vez que estoy frente al mar mucho tiempo, quiero decir, mirando el mar. No lo ten√≠a como categor√≠a y me da miedo. Uno no puede estar sin ning√ļn lugar de origen, es muy conflictivo. En estos √ļltimos a√Īos he tenido un reencuentro con un lugar al que pertenezco. O sea, yo puedo decir sin mentir que soy de Mar del Plata, que nac√≠ all√°, que soy de all√°. Y en ese lugar no me consideran de otra parte. Hay otros lugares donde viv√≠ m√°s a√Īos, y sin embargo la relaci√≥n es otra. Por ejemplo, en Tandil estaban ofendid√≠simos por algo que dije a favor de Mar del Plata y lo tomaron como un desprecio a los a√Īos que pas√© all√≠. Pero nadie me considera de Tandil, √©sa es la diferencia.

-¬ŅCu√°ndo comenz√≥ su inter√©s por la literatura?

-Muy tarde, reci√©n a los diecinueve o veinte a√Īos, en Tandil. Hab√≠a abandonado el colegio, no ten√≠a una carrera y trabaj√© en mil cosas distintas. En Cipolletti era jugador de f√ļtbol, y estaba bastante contento de serlo. Quiz√°, si lo pienso bien, haya habido alg√ļn elemento que preanunciara a una persona que iba a escribir, pero en realidad hasta los diecinueve a√Īos no hab√≠a le√≠do nada. En Tandil fui encontrando nuevos amigos, gente que iba conociendo al azar. Uno de ellos se dio cuenta de que estaba muy perdido y muy solo. Primero me hizo abandonar el f√ļtbol -cosa que no le perdono- y despu√©s me llev√≥ a un cineclub. Era el comienzo de los 60 y la efervescencia llegaba al interior del pa√≠s. En Tandil se acababa de ir Witold Gombrowicz‚Ķ era el fin de la era Gombrowicz. Viv√≠an escritores como Jorge Di Paola, y entre otros, Facundo Cabral y V√≠ctor Laplace. En el cineclub escuchaba discutir sobre literatura. Me empezaron a pasar libros, y hab√≠a tambi√©n un teatro experimental. Todo eso era de izquierda y se enfrentaba con las autoridades del pueblo. En ese tiempo empec√© a escribir bajo la influencia de Cort√°zar, que es una p√©sima influencia para empezar a trabajar porque es muy complejo, tan dif√≠cil como Borges. Hay muchas v√≠ctimas de Cort√°zar y de Borges. La cuesti√≥n es que cuando escrib√≠ mis primeros cuentos le mand√© uno a Cort√°zar.

-¬ŅNunca se publicaron esos cuentos?

-Se publicaron en un diario de Tandil. Yo estaba encantado. Cuando uno escribe un cuento, nunca piensa que es malo. El narcisismo de los escritores es algo monumental, en comparaci√≥n, el de los boxeadores es nada. Todos creen que son geniales. Le mand√© mi cuento a Cort√°zar porque la direcci√≥n de Julio circulaba por todos lados, todo el mundo ten√≠a su direcci√≥n y su tel√©fono en Par√≠s, y cuando alguien iba lo llamaba. Se lo mand√© por correo desde Tandil y despu√©s de un par de meses recib√≠ un sobre que dec√≠a ‚ÄúJ.C‚ÄĚ en el remitente. Me temblaban las manos. Abr√≠ el sobre y adentro hab√≠a un cuento de Cort√°zar, Flores amarillas, publicado por la Revista de Occidente pero a√ļn in√©dito en libro. Arriba dec√≠a: ‚ÄúCon un abrazo de Julio‚ÄĚ. Nunca supe qu√© me quiso decir. Hab√≠a dos posibilidades. Una era: ‚Äú¬°Bestia, aprend√©!‚ÄĚ, y la otra, m√°s optimista: ‚ÄúBueno, me mand√°s un cuento y yo te mando otro‚ÄĚ. Muchos a√Īos despu√©s, cuando lo conoc√≠, le coment√© este episodio. No se acordaba, obviamente, pero para consolarme me dijo: ‚ÄúSi te contest√©, por algo era. Porque uno no puede contestar todas las cartas‚ÄĚ. Nunca pude desprenderme de esa admiraci√≥n profunda e √≠ntima que me provocan los escritores que quiero, aquellos a los que leo con enorme cari√Īo. Soy, de alg√ļn modo, amigo de Bioy Casares, pero me cuesta horrores quitarle dos minutos. Cuando apareci√≥ mi novela La hora sin sombra me mand√≥ una carta muy hermosa,

una carta privada. Y me dije: ‚Äú¬ŅQu√© hago? ¬ŅLo llamo por tel√©fono para agradecerle?‚ÄĚ. Finalmente le escrib√≠ otra carta reproch√°ndome no llamarlo, no animarme a estar m√°s cerca de √©l. En el fondo me siento el mismo escritor que estaba escribiendo sus primeros cuentos en la larga noche, cuando trabajaba de sereno en Tandil.

-¬ŅA qu√© otros escritores incluye en esa categor√≠a?

-Alguien que marc√≥ mucho mi vida fue un realista sucio de los Estados Unidos, Erskine Caldwell, autor de El camino del tabaco. Yo le√≠ todo o casi todo Caldwell en los a√Īos 60, cuando en el 76 me fui del pa√≠s me llev√© algunos de sus libros. Ten√≠a una admiraci√≥n excesiva por Caldwell – ley√©ndolo ahora me digo que era un poco excesiva- pero sin duda fue uno de los colosos de los a√Īos 30. Estando en Par√≠s, un d√≠a abr√≠ el diario y le√≠ que esa tarde Caldwell daba una charla. No soy muy afecto a ese tipo de cosas, pero por supuesto fui a verlo. Hab√≠a apenas unas veinte personas, en Par√≠s no era muy conocido. Para colmo la charla era en ingl√©s y sin traducci√≥n, aunque hab√≠a traductor. Yo no hablo una palabra de ingl√©s pero igual me qued√© hasta el final. Los franceses se fueron casi sin saludarlo, y me acerqu√©. Recuerdo a un hombre ya de ochenta a√Īos, con una melena blanca, que parec√≠a un gran monumento a s√≠ mismo. Era el autor de El camino del tabaco, con mis amigos nos sab√≠amos de memoria p√°ginas enteras de ese libro. Le ped√≠ al traductor que le dijera que al llegar del exilio hab√≠a tra√≠do conmigo una sola valija y doce libros suyos. Me dio un abrazo muy grande -cosa que los yanquis nunca hacen- y no lo volv√≠ a ver nunca m√°s. Muri√≥ tres o cuatro a√Īos despu√©s. Esto es para se√Īalarle c√≥mo es mi relaci√≥n con la gente que admiro en determinados aspectos de mi propio metier.

-¬ŅLe gustar√≠a que lo trataran a usted con ese pudor?

-Creo que es impensable. No existe m√°s esa distancia, es cosa de viejos. A m√≠ me llama cualquiera para decirme cualquier cosa. ‚ÄúCh√©, ven√≠ ma√Īana a dar una charla en Mor√≥n‚ÄĚ. Y si no acepto inmediatamente me dicen que me hago el soberbio.

-Sigamos con su lista de autores queridos.

-En Tandil le√≠a mucho a Horacio Quiroga. Y no me arrepiento, porque ah√≠ s√≠, con escrituras menores, es donde uno aprende m√°s. Es muy dif√≠cil aprender con un texto absolutamente genial como los de Cort√°zar o Borges, porque uno est√° ante una obra gigantesca, pero no se le ven los tornillos. Algunos escritores creen que no hay nada que aprender. Pero los que creemos que s√≠ lo hay, apreciamos mucho los tornillos y las tuercas que se ven en Quiroga y en algunos buenos cuentos de Garc√≠a M√°rquez que maravillan por lo bien resueltos, y que tambi√©n se ven en muchos norteamericanos y en Roberto Arlt. Hay dos o tres momentos en la obra de Arlt que al menos a m√≠ me han quedado como pegados en la carne para siempre. Cuando los pienso, creo que los reescribo. Erdosain en el momento que vuelve a su casa y encuentra a su mujer con aquel capit√°n y su mujer le echa en cara su fracaso. Yo no digo que Arlt me haya influenciado, porque tiene una escritura muy extra√Īa, muy atravesada, muy dif√≠cil. Pero es alguien que uno tiene presente todo el tiempo, es una referencia s√≥lida que quiz√° tenga que ver con la identidad. Para cualquiera que me haya le√≠do, es obvio que mi influencia m√°s notoria fue Raymond Chandler. La aparici√≥n de Chandler en un momento del desarrollo de mi -para emplear una palabra tonta- ‚Äúcultura literaria‚ÄĚ, fue decisiva. Estoy seguro de que sin Chandler no hubiese podido escribir Triste, solitario y final.

-O la novela hubiera sido diferente.

-O hubiera sido otra cosa. Pero como √©sa era la √ļnica novela que yo ten√≠a‚Ķ El √ļnico tema que yo ten√≠a era el del Gordo y el Flaco y no sab√≠a c√≥mo escribirlo. La llegada de Chandler me permiti√≥ resolver ese libro. De lo contrario lo hubiese abandonado. En esa √©poca yo ya estaba instalado en Buenos Aires y me sent√≠a muy c√≥modo en mi rol de periodista estrella de algunas revistas como Panorama y diarios como La Opini√≥n. Era una posici√≥n confortable, en un tiempo en que uno no aspiraba a grades cosas. El pa√≠s estaba en otra cosa, el tejido social era otro. Quiz√° resulte dif√≠cil entenderlo hoy, pero para alguien como yo, que hab√≠a recorrido el interior del pa√≠s, que hab√≠a practicado todos los oficios y ninguno que se pareciera a las artes y las letras, llegar a ser un redactor estrella en La Opini√≥n, con el rigor que ten√≠a ese diario, con su exigencia feroz, significaba estar contento con lo que hab√≠a logrado en la vida.

-¬ŅC√≥mo logr√≥ llegar all√≠?

-Es una historia bastante caricaturesca. En 1969, la revista Primera Plana era una especie de catedral. Yo conoc√≠a el staff de memoria, como si fuera un equipo de f√ļtbol. Llegaba al quiosco media hora antes de que la trajeran, y todav√≠a tengo esa colecci√≥n guardada en alguna parte. Era una revista extraordinaria, escrita como es impensable que vuelva a escribirse en periodismo. Un buen d√≠a lleg√≥ a Tandil un periodista a quien yo admiraba profundamente, Osiris Troiani. Por intermedio de un amigo com√ļn, me invitaron a un asado donde estaba √©l. La mejor forma de molestar a la gente soberbia -y Osiris lo era- es no dirigirle la palabra. Es la manera con la cual yo consegu√≠ que Maradona me hablara: entrar a un lugar y no hablarle. Con Troiani me pas√≥ un poco eso. Finalmente conversamos, y le dije que pod√≠a mandar algunas notas para Primera Plana desde Tandil. Unos meses despu√©s, recib√≠ un telegrama de la revista, no invit√°ndome sino exigi√©ndome que les mandara no recuerdo cu√°ntas l√≠neas sobre la Procesi√≥n del Calvario. Es la fiesta local, la gran fiesta local en Semana Santa. Hay una procesi√≥n, van al Calvario, es el gran negocio local del cual no se puede hablar. Primera Plana, naturalmente, era una revista maldita, y yo no pod√≠a mandar un art√≠culo a favor. Entonces me di cuenta de que si escrib√≠a el art√≠culo y se publicaba, me iba a tener que ir del pueblo. Tan claro como eso. Le pregunt√© a mi viejo y mi viejo me dijo: ‚ÄúNo te veo m√°s‚ÄĚ. Imag√≠nese, era la √©poca de la dictadura de Ongan√≠a, mezclada con un gran poder de la Iglesia m√°s reaccionaria. En Tandil todos se conoc√≠an y yo ten√≠a que escribir una nota diciendo que alguno de ellos se quedaba con el vuelto, qui√©n era el actor que hac√≠a de Jesucristo y c√≥mo era la vida privada de la Virgen Mar√≠a. Esa era la historia que Primera Plana quer√≠a, yo sab√≠a que era eso.¬† Trabaj√© dos semanas, no me qued√≥ nada para decir. Yo me jugaba, me di cuenta de entrada de que me jugaba la vida. Y mand√© la nota con el r√°pido, que era el fax o el m√≥dem de ese tiempo. Fui a la terminal, se la di al chofer, y despu√©s un cadete fue a buscarla a Constituci√≥n. As√≠ se mandaba el material urgente. La noche en que sal√≠a la revista, mi viejo me dijo: ‚ÄúAndate, porque se est√° corriendo la bola de que la nota es agresiva‚ÄĚ. Primera Plana sal√≠a los lunes por la noche. Ese lunes de abril del 69 tom√© el √≥mnibus hacia Buenos Aires. Al amanecer, cuando llegamos a Constituci√≥n, ya estaba en los quioscos y me acuerdo que ese n√ļmero ten√≠a a Paulo VI en la tapa. Usted sabe que en Primera Plana las notas aparec√≠an sin firma, era una caracter√≠stica. A lo sumo, en los casos de enviados especiales se publicaban inicialadas. Abr√≠ la revista, y en la secci√≥n ‚ÄúD√≠a Moderno‚ÄĚ, por un error o descuido, aparec√≠a mi nota firmada. Casi se me rompi√≥ el coraz√≥n cuando la vi. La empec√© a leer y no era la misma, la hab√≠an reescrito. Pero me dije: ‚ÄúMe van a dar trabajo‚ÄĚ. As√≠ que me instal√© en un hotel, y unas horas despu√©s me present√© en la redacci√≥n.

-¬ŅEn qu√© hotel se instal√≥?

-Era una pensión de Avenida de Mayo donde había parado Víctor Laplace. Todos los que venían de Tandil paraban allí. Fui a parar a una pieza en la azotea, donde había un tuberculoso en la cama de al lado. Víctor llegó un día a salvarme y me llevó al hospital para ver si no me había contagiado. Un lugar espantoso.

-Cuando lleg√≥ a la redacci√≥n, ¬Ņqu√© dijo?

-Yo era un pajuerano y parec√≠a un pajuerano. Para que me dejaran pasar llevaba la revista en la mano, abierta en la p√°gina de mi art√≠culo. Nunca hab√≠a entrado a una redacci√≥n y all√≠ estaba la elite intelectual, no s√≥lo del periodismo sino tambi√©n catedr√°tica. En Primera Plana escrib√≠a la gente de letras y de sociolog√≠a -una de las ciencias m√°s fuertes y prestigiosas en la Argentina de ese momento-. Troiani, que era secretario de redacci√≥n, estaba parado al fondo, en el √°rea de correcci√≥n, y cuando me vio entrar, grit√≥: ‚Äú¬°Qu√© hace usted ac√°!‚ÄĚ. Yo le dije: ‚ÄúY‚Ķ vine a trabajar‚ÄĚ. ‚ÄúNo‚ÄĚ, me contest√≥. ‚ÄúLas cosas no son tan f√°ciles. ¬°V√°yase!‚ÄĚ. Entonces empec√© a irme, pero en la redacci√≥n hab√≠a alguna gente piadosa, no todos eran as√≠. Hab√≠a dos o tres que eran m√°s piadosos y uno de ellos me dijo: ‚ÄúSentate, no le des pelota. Quedate ah√≠‚ÄĚ. Hab√≠a una silla vac√≠a y me sent√©. Yo les recomiendo siempre a los periodistas que usen ese m√©todo, s√© de varios que consiguieron trabajo as√≠. Porque en alg√ļn momento va a hacer falta algo. En una redacci√≥n es inevitable que a las doce de la noche un jefe est√© buscando a alguien para ir al lugar m√°s infernal. Una noche, nadie quer√≠a ir a Berisso. Tom√°s Eloy Mart√≠nez, que era uno de los jefes de redacci√≥n, se paseaba tratando de tentar a alguien con los vi√°ticos. De pronto me mir√≥ y me dijo: ‚Äú¬ŅUsted, en qu√© secci√≥n est√°?‚ÄĚ. Y yo pens√©: ‚ÄúYa est√°, ya estoy. Ya estoy en una secci√≥n‚ÄĚ. El jefe de Ciencia y T√©cnica, F√©lix Samoilovich, uno de los pocos piadosos, dijo: ‚ÄúEs m√≠o‚ÄĚ. ‚Äú¬ŅNo me lo prest√°s?‚ÄĚ, le pidi√≥ Mart√≠nez. Yo no sab√≠a bien c√≥mo era la cosa. Me mir√≥ y agreg√≥: ‚Äú¬ŅUsted no ir√≠a -en condiciones muy especiales, naturalmente- hasta Berisso?‚ÄĚ. Era una nota complementaria para un gran despliegue sobre la ciudad de La Plata y sus alrededores. Me pusieron remise, seg√ļn el estilo de la casa. Pas√© alrededor de diez d√≠as en Berisso, de modo que traje todo lo que se pod√≠a saber sobre el lugar. Eso me dio cierto cr√©dito y otro d√≠a me dijeron: ‚Äú¬ŅNo quiere ir hasta Balcarce?‚ÄĚ. A esa altura ya me estaba poniendo m√°s fino, porque estaba haciendo una secci√≥n dificil√≠sima llamada ‚ÄúTransiciones‚ÄĚ, que conten√≠a noticias pol√≠ticas muy chiquitas, que hab√≠a que meter con calzador para que entraran en una columnita fija. Era tan fino todo que para ir a Balcarce se tomaba el avi√≥n a Mar del Plata y de ah√≠ un remise. Se tardaba m√°s, pero √©sa era la regla de Primera Plana.¬† Si no era as√≠ los redactores se ofend√≠an. De modo que desde un principio me acostumbr√© a hacer notas importantes. Un d√≠a la puerta se abri√≥ de golpe con mucho ruido, entr√≥ la polic√≠a de Ongan√≠a y se termin√≥ la revista. Eramos pocos, porque sucedi√≥ alrededor de las dos de la ma√Īana. Un oficial grito ‚Äú¬°Alto!‚ÄĚ, como si alguien corriera. Nos miramos y vimos entrar una cantidad de polic√≠as con ametralladoras que pusieron fajas de ‚Äúclausurado‚ÄĚ. Y ah√≠ se acab√≥ mi carrera en Primera Plana. La revista no volvi√≥ a salir hasta un a√Īo despu√©s, pero ya no fue la misma.

-Y usted pasó a trabajar en el diario La Opinión.

-A Jacobo Timerman no lo conoc√≠a m√°s que como una leyenda, porque cuando se hablaba mal de un patr√≥n se hablaba mal de Timerman. Pero al mismo tiempo con admiraci√≥n, con tal admiraci√≥n que se iba formando dentro de uno la leyenda del personaje inalcanzable. En 1971, cuando arm√≥ La Opini√≥n,¬† decidi√≥ convocar a lo que √©l consideraba el mejor periodismo de la Argentina, pagando sueldos enormes. Era un gran momento, yo estaba trabajando en la revista Panorama y me fui a trabajar con Timerman dos o tres d√≠as antes de que saliera el diario, de modo que estuve desde el comienzo. Jacobo no era -al menos en esa √©poca- alguien que se mezclara con la gente de la redacci√≥n. Estaba en un trono y uno no acced√≠a a √©l salvo para ser humillado por alg√ļn error, aunque fuese m√≠nimo. Pegaba la p√°gina con el error subrayado en rojo y el nombre del culpable en la puerta de entrada del diario, de modo que todos la vieran. Lo primero que ve√≠an al entrar los proveedores o los amigos era la flecha roja. Con lo cual consigui√≥ un diario en el que uno se cuidaba enormemente antes de escribir una frase. ‚ÄúNo trabajen de memoria‚ÄĚ, dec√≠a, y nosotros nos la pas√°bamos consultando el diccionario. Son etapas. A m√≠ me sirvi√≥ enormemente, porque nunca me pude sacar de encima el fantasma de la exigencia. Muchas veces se me aparec√≠a de noche la cara de Timerman, la misma cara que le vi las dos o tres veces que me convoc√≥ para decirme de todo. Cuando nos reencontramos, muchos a√Īos despu√©s, se lo dije: ‚Äú¬ŅUsted sabe, Jacobo, que se me aparec√≠a de noche?‚ÄĚ. Era duro, dur√≠simo, pero al mismo tiempo uno agradec√≠a internamente esas grandes lecciones de periodismo, porque en realidad el problema era que casi siempre ten√≠a raz√≥n. Le cuento un ejemplo. Un d√≠a llegu√© al diario a las tres y media de la tarde y se me acerc√≥ la secretaria de Timerman, una persona maravillosa que se condol√≠a de nosotros. Me dijo: ‚Äú¬ŅQu√© le hiciste a Jacobo? Desde las diez de la ma√Īana est√° rompiendo cosas y pute√°ndote. Me orden√≥ que ni bien llegues, comparezcas‚ÄĚ. Le ped√≠ cinco minutos para revisar mi p√°gina y ver qu√© disparate hab√≠a. La mir√© con lupa, de atr√°s para adelante, y nada. Les ped√≠ a algunos compa√Īeros que la miraran -hab√≠a cierta solidaridad- y tampoco encontraron nada. Entonces junt√© fuerzas y fui a su despacho. Era la primera vez que iba a verlo personalmente, que iba a hablar con √©l. Hac√≠a ya un tiempo que yo trabajaba en el diario, pero no se lo ve√≠a a Timerman si no era por una cosa as√≠. Cuando entr√©, obviamente, ni me mir√≥. Al rato levant√≥ un poco la vista y me pregunt√≥: ‚Äú¬ŅUsted cu√°nto gana?‚ÄĚ. Se lo dije. ‚Äú¬°Qu√© disparate! ¬°Cu√°nta plata! ¬ŅTodo el d√≠a con in√ļtiles! ¬ŅUsted al menos es conciente de que es un in√ļtil?‚ÄĚ. Ten√≠a el diario abierto en mi p√°gina, yo la espiaba de costado, ah√≠ en el escritorio, marcada con tinta roja. ‚Äú¬ŅCu√°nto hace que no lee el libro de estilo?‚ÄĚ. Yo comet√≠ el error de contestarle que no era mi libro de cabecera. ‚ÄúDeber√≠a serlo, usted gana una fortuna‚ÄĚ. El error, el presunto error, era que en el libro de estilo de La Opini√≥n dec√≠a: ‚ÄúTaiw√°n nunca debe ser nombrada como Formosa‚ÄĚ. A m√≠ me hab√≠a quedado corto un t√≠tulo y hab√≠a puesto Formosa. Le coment√© que no me parec√≠a tan grave, y me contest√≥ con una frase que en ese momento me pareci√≥ en s√≠ maravillosa: ‚Äú¬°Qu√© van a pensar nuestros lectores de Formosa!‚ÄĚ. Le dije que no cre√≠a que fueran demasiados. ‚Äú¬°Y eso qu√© importa!‚ÄĚ. Ten√≠a una l√≥gica implacable. Despu√©s peg√≥ la hoja en la puerta, con la flecha colorada, y me despidi√≥ dici√©ndome: ‚ÄúLa pr√≥xima vez, lo echo‚ÄĚ. Hubo una segunda vez en que me ech√≥, pero al rato se arrepinti√≥ y me volvi√≥ a tomar. Todo eso formaba parte de un estilo muy propio del que guardo un buen recuerdo. Si no, no lo estar√≠a contando. Fue una especie de padre severo, que as√≠ como castigaba premiaba. Un d√≠a me llam√≥ y me dio esta orden: ‚ÄúHaga la mejor nota de Buenos Aires sobre el caso Robledo Puch‚ÄĚ. Me fui a mi casa, trabaj√© diez d√≠as y volv√≠ con una nota que public√≥ en el suplemento cultural. El d√≠a que apareci√≥ la nota vino otra vez la secretaria: ‚ÄúJacobo te convoca‚ÄĚ. All√° fui de nuevo, y otra vez me pregunt√≥: ‚Äú¬ŅUsted cu√°nto gana?‚ÄĚ. Otra vez se lo dije. ‚ÄúTiene un aumento‚ÄĚ. Esa relaci√≥n se prolong√≥ hasta la √©poca en que La Opini√≥n cambi√≥, y esos cambios hicieron que nos alej√°ramos.

-Antes de llegar a esa época, sucedió algo muy importante en su vida: la publicación de su primera novela, Triste, solitario y final.

-Como todos mis amigos lo saben, yo soy muy harag√°n. Es extra√Īo, porque soy muy cumplidor al mismo tiempo, pero no tengo nada que se parezca a¬† una disciplina o m√©todo de trabajo. Cuando Timerman me ech√≥ del diario y al poco tiempo me mand√≥ decir que volviera, me encontr√© con que no ten√≠a jefe ni secci√≥n. Deambul√© un tiempo por la redacci√≥n y finalmente opt√© por no ir, me quedaba en mi casa. En ese tiempo de no ir al diario ni hacer otra cosa, fui escribiendo Triste, solitario y final. Como le dije al comienzo, ese libro se hizo posible cuando Raymond Chandler entr√≥ muy brutalmente en mi vida. La irrupci√≥n de Chandler no s√≥lo fue brutal, tambi√©n fue muy colorida. Una madrugada, camin√°bamos por la calle Florida con Miguel Briante, Antonio Dal Masetto y Norberto Soares, todos muy borrachos. De pronto Soares se puso a recitar un texto que a m√≠ me pareci√≥ maravilloso. Todos lo aplaudimos. Le pregunt√© qu√© era, y se ofendi√≥. ‚Äú¬°C√≥mo! ¬°Es El largo adi√≥s!‚ÄĚ. Al d√≠a siguiente me lo mand√≥ de regalo y ese d√≠a cambi√≥ mi relaci√≥n con la literatura. En ese tiempo yo pensaba como piensa Garc√≠a M√°rquez, que no se pueden escribir novelas con di√°logo. Pero a partir de Chandler, y luego de Dashiell Hammett, pero fundamentalmente de Chandler y el romanticismo chandleriano, se me clarificaron muchas cosas, fui encontrando un estilo. Durante a√Īos yo hab√≠a juntado todo aquello que se conoc√≠a sobre la vida del Gordo y el Flaco. Ellos eran mi hobby, mi objetivo. Llegu√© a ser el tipo que m√°s sab√≠a de Laurel y Hardy en la Argentina.

-¬ŅPor qu√©? ¬ŅQu√© le pasaba con ellos?

-Me parec√≠a una historia maravillosa. Yo la contaba y todo el mundo se juntaba. En ese momento era una par√°bola de lo que ocurr√≠a, una par√°bola social muy querible. Con su genio y su fracaso, estaban enfrentados al genio y al √©xito de Chaplin. La novela pivotea de alg√ļn modo esa contradicci√≥n. La cuesti√≥n es que yo ten√≠a todo ese material y no sab√≠a qu√© hacer con √©l. Intent√© escribir una obra de teatro pero no prosper√≥. El asunto era c√≥mo contar la historia del Gordo y el Flaco, desde d√≥nde contarla. Toda persona que haya intentado la narraci√≥n sabe que el primer gran problema es saber desde d√≥nde se cuenta la historia, con qu√© distancia, cu√°nta autorizaci√≥n tiene la voz del narrador, qui√©n es el narrador‚Ķ en fin, todas esas cuestiones que la nueva teor√≠a ha desarrollado largamente y que uno s√≥lo intuye. En principio, si se tienen buenos reflejos se lo consigue. Y si no, no. Inmediatamente despu√©s de leer El largo adi√≥s, me puse a leer todo Chandler. Soy muy obsesivo con esas cosas. Cuando tengo un tema lo recorro, y hasta que no termino de saber absolutamente todo lo que hay que saber no lo dejo. Es una vieja obsesi√≥n. O sea que ten√≠a todo Chandler y todo Laurel y Hardy. Y en una suerte de noche m√°gica, yo estaba solo (viv√≠a solo en un departamento chiquito) y estaba muy deprimido. Recuerdo precisamente esa noche y ninguna otra, porque escuch√© un ruido en la cocina y cuando fui a ver encontr√© un gato arriba de las cacerolas. Usted sabe que para m√≠ el gato es el gran emblema de muchas cosas. Siempre tengo gatos, y en mi vida son importantes. Este era un gato negro. Se qued√≥ mir√°ndome un rato, luego se empez√≥ a ir, me mir√≥ de nuevo y ah√≠ me di cuenta de que era‚Ķ la gata de Chandler. ¬ŅA qu√© hab√≠a venido? A hacer una cosa obvia: demostrarme que si alguien pod√≠a investigar la vida de Laurel y Hardy era un investigador privado. Y qui√©n mejor que Philip Marlowe, el legendario personaje de Chandler. Tomar√≠a a Philip Marlowe a partir del final de Playback,¬† la √ļltima novela de Chandler, e imaginar√≠a su vida de all√≠ para adelante. Esta pista, sin duda falsa ante cualquier an√°lisis literario, esta pista sentimental, me llev√≥ a sentarme de inmediato y escribir un primer cap√≠tulo, que no es el primero del libro pero es el cap√≠tulo en el que Philip Marlowe va al cementerio y se encuentra con un argentino ante la tumba de Stan Laurel. Ten√≠a ya los tres elementos juntos (Laurel y Hardy, Philip Marlowe y yo mismo como personaje) y desde all√≠ empec√© a trabajar. Recuerdo que Jorge Di Paola viv√≠a muy cerca de mi casa y los dos trabaj√°bamos de noche. A las cinco, seis de la ma√Īana, nos junt√°bamos en la casa de alguno de los dos a tomar un caf√© y nos intercambi√°bamos lo que hab√≠amos escrito. Y eso fue muy importante para m√≠ en ese momento. De modo que Triste, solitario y final me llev√≥ todo el a√Īo 72. Tuve toda la suerte del mundo. No bien la ley√≥ Marcelo Pichon Rivi√®re, la llev√≥ a la editorial que publicaba sus libros, que era Corregidor. Dos d√≠as despu√©s me llam√≥ y me dijo que en un par de meses se publicaba. De modo que me ahorr√© la angustia de andar recorriendo editoriales con mi original bajo el brazo.

-¬ŅLa novela tuvo √©xito inmediatamente?

-S√≠, tengo muchos recortes de esa √©poca. Se public√≥ en junio de 1973 (pleno gobierno de C√°mpora) y en el diario Clar√≠n del 2 de agosto aparece segunda en la lista de best-sellers, detr√°s de Silvina Bullrich y adelante de Cort√°zar‚Ķ todo muy mezclado. Tuvo una buena repercusi√≥n. Salieron comentarios en todos los medios, hasta en televisi√≥n, que en esa √©poca no era usual. Pero en realidad, en ese momento no se planteaba el tema del √©xito. Aunque la palabra existiera, no era bien vista. Desde la √©poca de Primera Plana, las listas de best-sellers son algo muy confuso y muy mezclado, pero tienen un efecto: un libro del que se habla por lo general se vende¬† -ya sea de fotograf√≠a, una novela o lo que sea-. Yo fui formado en ese clima, los temas de debate eran otros. Con Cort√°zar, por ejemplo, ¬Ņcu√°l era el debate? Si estaba o no estaba en la revoluci√≥n. Cuando apareci√≥ El libro de Manuel no lo sometieron a un juicio literario, lo llevaron a rendir cuentas a un sindicato. Eso habla de la coherencia de Julio. Dijo: ‚Äú¬ŅUn escritor comprometido, d√≥nde rinde cuentas? ¬ŅEn un sal√≥n de viejas gordas? No, ante los representantes de la clase trabajadora‚ÄĚ. Fue y lo destrozaron. Con respecto a La Opini√≥n, la situaci√≥n fue m√°s delicada. Timerman me llam√≥ y me felicit√≥, como lector. Pero lleg√≥ m√°s lejos y me dijo: ‚ÄúVoy a hacer el comentario de su libro, lo voy a escribir y firmar yo‚ÄĚ. El no escrib√≠a nunca. Si escrib√≠a alg√ļn art√≠culo, nadie se enteraba porque no lo firmaba. Yo le rogu√© que no lo hiciera, y entonces lo escribi√≥ un colaborador que lo elogi√≥ tibiamente. Hizo un comentario muy politizado, y el libro no era pol√≠tico.

-¬ŅPor qu√© se neg√≥ a que Timerman escribiera el comentario?

-Me hubiese¬† incendiado con la gente. El era el patr√≥n, estaba del otro lado. Y adem√°s la situaci√≥n hab√≠a cambiado mucho, en 1973 y comienzos de 1974 todo giraba alrededor del conflicto social. Estaba los Montoneros, que m√°s o menos todo el mundo sab√≠a qui√©nes eran, y estaba el ERP (Ej√©rcito Revolucionario del Pueblo), de una impenetrabilidad absoluta. Y est√°bamos los que de alg√ļn modo colabor√°bamos con todo aquello que conspirara contra el poder, sin pertenecer a ninguna organizaci√≥n. Alguien nos dec√≠a, por ejemplo: ‚ÄúEstamos buscando a quien desgrabe este material, porque ser√≠a importante que ma√Īana, en la f√°brica, se pudiera leer‚ÄĚ. Y uno lo desgrababa, porque quer√≠a y porque cre√≠a que estaba bien. Creo que la derrota de Lanusse y la asunci√≥n de C√°mpora descolocaron profundamente a Timerman, que siempre fue antiperonista, y ese clima se vivi√≥ dentro del diario. Fue la √©poca en que asumi√≥ Enrique Jara como subdirector y comenz√≥ una especie de caza de brujas que culmin√≥ con mi ida del diario. En medio de todo eso muri√≥ mi padre, fue una √©poca dur√≠sima. Yo me fui de La Opini√≥n a mediados de julio de 1974,¬† quince d√≠as despu√©s de la muerte de Per√≥n, que llegu√© a cubrir para el diario. Me di por despedido y les inici√© un juicio, con el patrocinio de Rodolfo Terragno. Lo ganamos en primera instancia, pero en la apelaci√≥n la C√°mara fall√≥ a favor de La Opini√≥n. Cuando el general Camps le pregunt√≥ a Jara: ‚ÄúD√≠game expresamente qui√©nes eran las personas que usted ech√≥ del diario por guerrilleros‚ÄĚ, Jara contest√≥: ‚ÄúVicky Walsh (la hija de Rodolfo Walsh) y Osvaldo Soriano‚ÄĚ. Menos mal que yo ya no estaba en el pa√≠s. ¬ŅEn qu√© diferencio yo a Jara de Timerman? En que Timerman jam√°s le dijo a Camps que alguien era guerrillero. De todas maneras en esa √©poca Timerman se alej√≥ de mucha gente, aunque con los a√Īos volvi√≥ a acercarse. Para m√≠ fue un personaje important√≠simo. Detr√°s de esa cosa de patr√≥n, ten√≠a por √©l un respeto reverencial, una especie de tironeo entre el amor y el odio.

-¬ŅCu√°l fue concretamente su participaci√≥n pol√≠tica en esa √©poca?

-Jara minti√≥ cuando dijo que yo era guerrillero, pero en realidad no lo fui por miedo. No particip√© en la lucha armada pero estaba cerca de ellos, me pod√≠an pedir cosas, guardaba material. Hoy en d√≠a hay una tendencia a borrar hechos del pasado, parecer√≠a que nadie tuvo nada que ver. Pero esto no es as√≠, hay que hacerse cargo. Sobre todo porque alg√ļn d√≠a un hijo va a hacer una investigaci√≥n y va a encontrar cosas que uno dijo. Y hay que explicarle, porque todo tiene una explicaci√≥n. Hay una encuesta de la agencia de noticias Telam que encarg√≥ Lanusse en 1973, que dice que en ese momento un cuarenta y nueve por ciento de la poblaci√≥n simpatizaba con los movimientos revolucionarios. Lanusse era un hombre muy l√ļcido y percib√≠a que las dificultades que ten√≠a para combatir la guerrilla no eran una cuesti√≥n de armas, sino que se deb√≠an a que la gente escond√≠a a los guerrilleros. Yo he visto guerrilleros escondidos en casas ins√≥litas, cuando uno llegaba le dec√≠an: ‚ÄúA esa habitaci√≥n no se puede entrar‚ÄĚ. Yo no soy ni fui peronista. Mi actitud con los Montoneros en ese tiempo se debi√≥ a que yo pensaba que ellos no cre√≠an en Per√≥n, que en realidad se trataba de una trampa que le tend√≠an al general. Con el general exiliado todo val√≠a, porque hab√≠a un elemento de ilegitimidad. A m√≠ nunca me toc√≥ decidir nada, pero creo que el clima de la √©poca impon√≠a ciertas cosas. Como la mayor√≠a de la gente, pienso que todo hay que hacerlo en paz. Pero hay que hacerlo dentro de las reglas del juego, y esas reglas no reg√≠an en ese momento.

-¬ŅQu√© hizo cuando se fue de La Opini√≥n?

-En los primeros tiempos, me dediqu√© a escribir un par de guiones con A√≠da Bortnik. Era la √©poca anterior al rodrigazo, y todav√≠a se pod√≠a vivir bastante f√°cil. Colabor√© en una revista que se llamaba Mengano, con Carlos Trillo y Alejandro Dolina, y finalmente entr√© a trabajar en El Cronista Comercial, que en ese momento se convirti√≥ en un lugar de refugio para cuanto expulsado andaba por ah√≠, mezclado con una camada de chicos m√°s j√≥venes. El Cronista es uno de los diarios donde m√°s gente desapareci√≥. Hasta desapareci√≥ el due√Īo, Rafael Perrota, quien hab√≠a tenido el don de gentes de asilar a muchos periodistas echados de otros medios, sobre todo de La Opini√≥n. Volv√≠ a escribir sobre deportes, y desde all√≠ conserv√© toda la vida la fantas√≠a de que lo √ļnico que deb√≠a preservar como saber -Saber con may√ļsculas- para tiempos de desgracia, era el deporte.

Fundamentalmente el f√ļtbol. Y en segundo lugar, el boxeo. Un d√≠a me preguntaron: ‚Äú¬ŅVos sab√©s qui√©n juega en Lan√ļs?‚ÄĚ. Les dije que s√≠, y all√≠ volv√≠ de nuevo a ganarme el mango desde abajo. Todav√≠a conservo ese vicio. Me s√© de memoria todos los pases, es como un juego infantil, la idea de que no me sorprendan en un concurso de preguntas y respuestas. Si ma√Īana sacaran un buen diario o una revista de deportes que valiera la pena, seguramente me gustar√≠a escribir all√≠.

-¬ŅEn qu√© momento y bajo qu√© circunstancias se fue del pa√≠s?

-Estando en El Cronista, escrib√≠ una nota contando una serie de problemas que hab√≠a tenido durante un viaje en avi√≥n. Me llam√≥ uno de los gerentes de la l√≠nea a√©rea y me dijo: ‚ÄúLo que usted cuenta en su art√≠culo es imposible. Usted lo so√Ī√≥. Elija el lugar del mundo donde quiera ir, y va a comprobar que lo so√Ī√≥‚ÄĚ. Es el t√≠pico procedimiento que muchas veces se utiliza para tener contentos a los periodistas, hay que rechazar esas cosas. Pero en ese tiempo yo no era tan fuerte. Hab√≠a ido una sola vez a Europa, y entonces acept√©. Fui a Bangkok, a lugares de los que tengo una suerte de recuerdo nebuloso. Tipos comiendo v√≠boras, cosas as√≠. A la vuelta pas√© por Roma y por Par√≠s y termin√© visitando a F√©lix Samoilovich, que en esa √©poca viv√≠a en Bruselas. Me qued√© m√°s de un mes, compartiendo largas charlas noct√°mbulas, ese clima hoy casi muerto. Un d√≠a, la que es hoy mi mujer me despert√≥ y me dijo: ‚ÄúCoup d¬ī√©tat en Argentine‚ÄĚ. A la noche vimos a Videla en televisi√≥n. Fue tan pat√©tico‚Ķ En Europa tienen una maqueta de lo que es un dictador latinoamericano: es morocho, con bigotes, anteojos negros y una gorra grande, encasquetada hasta los ojos. Esa noche, en el noticiero, lo vimos a Videla y era s√≠, exactamente igual a la maqueta. Dentro de la tragedia la situaci√≥n ten√≠a un costado c√≥mico, todos se mor√≠an de risa. Hab√≠a llegado un punto en el cual yo estaba harto de los milicos, punto en el que sigo. Me hice una filosof√≠a propia, que consist√≠a en decir: ‚ÄúNunca m√°s, nunca m√°s. No me los banco m√°s‚ÄĚ. Era una cosa personal, que mantengo. En B√©lgica me dijeron: ‚ÄúAc√° ten√©s una pieza‚ÄĚ. Entonces volv√≠ a Buenos Aires y quince d√≠as despu√©s me fui. En Ezeiza hab√≠a muchos controles. Como ten√≠a miedo, llev√© un papel con membrete de El Cronista, que dec√≠a que iba a cubrir la pelea Monz√≥n-Benvenutti. Me acuerdo de que un soldado con ametralladora al hombro me dijo: ‚Äú¬°Qu√© envidia!‚ÄĚ. En el √ļltimo tiempo hab√≠amos alcanzado a hacer una revista medio clandestina con Tito Cossa, Oscar Alende y otra gente muy querida. Estuve un tiempo en B√©lgica y despu√©s pas√© a Francia, donde con Cort√°zar editamos Sin censura, una revista del exilio. En realidad, aunque fundamentalmente viv√≠ en Francia, mi punto de apoyo m√°s s√≥lido es Italia, donde siempre me ha ido muy bien. All√° mis libros son best-sellers, igual que en la Argentina. A veces, cuando me deprimo, barajo la posibilidad de vivir en un pueblito del norte de Italia.

-¬ŅPor qu√© volvi√≥ a la Argentina?

-Volv√≠ en 1983, una √©poca de gran entusiasmo. Hay razones muy fuertes que a uno lo atan a su pa√≠s. Primero, una cosa obvia: si prendo la radio o la televisi√≥n y se habla de un personaje, s√© qui√©n es. En general se trata de mediocres, pero conozco el tema del que se habla, que es el tema que atrae y expulsa a la vez. Eso hace que uno se sienta en su lugar. Pero al mismo tiempo siento que es un lugar tan chico, tan menor, que no vale la pena. Constantemente me digo: ‚Äú¬ŅC√≥mo puedo pertenecer a una sociedad que elige este gobierno, esta forma de vida? Yo ya no puedo soportar esto, no me da el buen gusto. En Francia me pasa algo curioso: cuando llego, prendo la televisi√≥n y la cara que aparece tambi√©n la conozco, pero al mismo tiempo es un lugar en el que no manejo las reglas de juego. Entonces lo que hago es irme tres o cuatro meses, saltar de un lugar a otro. En realidad, creo que es todo fruto del hartazgo. Entonces me digo: ‚ÄúPueblito de Italia, aislado del mundo‚ÄĚ. √öltimamente fantaseo bastante con eso.

-Sin embargo, esta es una sociedad que a usted lo acepta. Ha sabido representar nuestras contradicciones y miserias y es el escritor argentino contemporáneo más leído.

-Tal vez yo sea m√°s vanidoso de lo que usted piensa. Sinceramente, no creo que vender setenta mil ejemplares de mis libros sea un √©xito. Si fueran setecientos mil ya se podr√≠a hablar en serio, porque se podr√≠a hablar de una conciencia. Usted habla de una cierta aceptaci√≥n, y eso est√° bien. Pero a√ļn hoy me cuesta mucho verme a m√≠ mismo como alguien a quien los dem√°s dicen: ‚ÄúVos ten√©s √©xito‚ÄĚ. Para m√≠ eso no es un elogio, mas bien le dir√≠a que me fastidia. ¬ŅQu√© quiero decir con esto? ¬ŅQu√© es lo que quisiera que mi hijo aprendiera? Que el √©xito y la calidad o el √©xito y lo bien hecho no est√°n necesariamente unidos. La satisfacci√≥n que yo tengo es la de saber que trabajo bien, que hago las cosas lo mejor que podr√≠a hacerlas. Adem√°s, evidentemente, toco temas que producen una cierta identificaci√≥n. Yo escribo sobre lo nuestro. Mis personajes, en general, son perdedores y solitarios y, de alg√ļn modo, representan aspectos muy fuertes de este pa√≠s. Pero la gente que no me quiere me pone atributos que van desde ‚Äúexitoso‚ÄĚ hasta ‚Äúpopulista‚ÄĚ. Y le puedo asegurar que eso me irrita.

Obra publicada: Triste, solitario y final (novela, 1973), ¬†No habr√° m√°s penas ni olvido (novela, 1978), Cuarteles de invierno (novela, 1980), Artistas, locos y criminales (relatos, 1984), ¬†A sus plantas rendido un le√≥n (novela, 1986), ¬†Rebeldes, so√Īadores y fugitivos (relatos, 1988), Una sombra ya pronto ser√°s (novela, 1990), ¬†El ojo de la patria (novela, 1992), Cuentos de los a√Īos felices (relatos, 1993), ¬†La hora sin sombra (novela, 1995), ¬†Piratas, fantasmas y dinosaurios (relatos, 1996).

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