EDITORIAL NORMA, 2000

La Señora Lynch

En octubre de 1985, cuando se suicidó la escritora Marta Lynch, yo trabajaba como columnista de libros en la edición matutina del diario La Razón. Al llegar a la redacción, uno de los secretarios me pidió que escribiera su necrológica, y puse una excusa para no hacerlo. No la conocía demasiado, pero algunos hechos que había protagonizado en su última época hacían que el personaje no me simpatizara, y no me pareció el momento oportuno para tratarlos.

Cinco años después, Félix Luna me convocó para escribir la biografía de una escritora para una colección que dirigía. Le propuse a Marta Lynch porque consideré que tenía elementos que valía la pena tratar: los vaivenes políticos, el éxito, el enorme espacio público que detentaban algunos escritores de su época, la situación de la mujer, el envejecimiento, las cirugías estéticas, el suicidio, me resultaban más que suficientes. Además, sería una manera de romper con cierta tradición que parece establecer que el biógrafo debe ser un defensor o admirador a ultranza del biografiado. ¿Por qué no tomar un personaje altamente contradictorio y mostrarlo en sus contradicciones, con lo bueno y con lo malo? Sin embargo, tal vez era muy pronto. Ese libro no se publicó, pero la idea perduró y dio lugar a éste, que se publicó en el año 2000.

Mucha gente que conoció a Marta no quiso hablar de ella, tal vez porque fue un personaje emblemático de algunas cuestiones todavía no resueltas. De ese punto -el que finalmente más me llegó a interesar- me fui dando cuenta a medida que trabajaba. Con sus constantes virajes políticos, su obsesión por la imagen y su afán por figurar a cualquier precio, fue una precursora de una ética y una estética que se instalaría fuertemente en la Argentina unos años después de su suicidio, con el advenimiento del menemismo. En cierta medida, Marta Lynch fue víctima de su propio pragmatismo, en una época -la del retorno a la democracia- en la que se intentaba volver a apostar a la ética y a la coherencia ideológica. Tal vez por esto (y por todo lo que sucedió después) siga provocando una cierta molestia, la sensación de que hay temas que es preferible no volver a plantear.